- El uso intensivo de pantallas en menores puede derivar en dependencia, impacto emocional y bajo rendimiento escolar.
- La alta conectividad incrementa la exposición a riesgos de ciberseguridad como phishing, ciberacoso y desinformación.
- La prevención exige racionalizar el tiempo de pantalla, priorizar actividades esenciales y reforzar las relaciones presenciales.
- El ejemplo adulto, la educación crítica y recursos como la Línea 017 son claves para un uso seguro y equilibrado de la tecnología.
La abstinencia digital y su impacto en la ciberseguridad se ha convertido en uno de los grandes temas de conversación en familias, colegios y despachos de expertos. Pasamos buena parte del día mirando pantallas, y los menores, en particular, están creciendo en un entorno donde estar conectados parece casi obligatorio. Sin embargo, cada vez hay más voces que alertan de que este uso intenso puede afectar a su bienestar emocional, su rendimiento escolar y, además, abrirles la puerta a riesgos digitales muy serios.
Al mismo tiempo, mientras hablamos de desconectar, la realidad es que la conectividad crece sin parar y llega a casi todos los rincones. Países como República Dominicana ya cuentan con casi un móvil por habitante y un acceso a Internet generalizado. Este escenario plantea un desafío enorme: cómo disfrutar de la tecnología, aprovecharla para estudiar, trabajar y relacionarse, y a la vez aprender a tomar distancia, controlar el tiempo de uso y reducir la exposición a peligros como el phishing, la desinformación o el uso problemático de pantallas.
Contenido
- 1 Qué es la abstinencia digital y cómo se relaciona con la ciberseguridad
- 2 Uso excesivo de pantallas en niños y adolescentes
- 3 Del uso intensivo a la dependencia: señales de alarma
- 4 Impacto emocional, social y escolar del exceso de pantallas
- 5 Riesgos de ciberseguridad: phishing, desinformación y otros peligros
- 6 Prevención: cómo racionalizar el tiempo de pantalla
- 7 Modelos de referencia, educación crítica y apoyo profesional
Qué es la abstinencia digital y cómo se relaciona con la ciberseguridad
Cuando hablamos de abstinencia digital no nos referimos a prohibir para siempre el móvil o el ordenador, sino a regular y poner límites conscientes al uso de las tecnologías. Es un enfoque que busca interrumpir los hábitos de conexión constante para recuperar el control sobre cómo, cuándo y para qué utilizamos los dispositivos. En este contexto, la ciberseguridad entra en juego porque un uso más reflexivo y moderado suele ir acompañado de mayor atención a lo que hacemos en la red, a qué contenidos consumimos y con quién interactuamos.
En menores, esta idea cobra especial importancia, ya que cada vez dedican más parte de su tiempo libre a las pantallas: móviles, tablets, ordenadores, videoconsolas… Muchas de estas horas pueden estar relacionadas con el estudio, pero una porción muy relevante se orienta al ocio, los videojuegos online y las redes sociales. Aunque todo ello puede tener un lado positivo (aprendizaje, creatividad, socialización), sin una guía adecuada es muy fácil que se descontrole y empiece a impactar negativamente en su vida cotidiana.
La abstinencia digital, entendida como pausas voluntarias o limitaciones programadas, ayuda a reducir la compulsión de mirar cada notificación y, a la vez, disminuye la exposición a amenazas de ciberseguridad. Al pasar menos tiempo conectados sin supervisión, se reducen oportunidades para que terceros malintencionados engañen a los menores, accedan a sus datos personales o les empujen a compartir información sensible.
En paralelo, existe un elemento educativo crucial: aprender a desconectar también implica aprender a navegar con criterio. Enseñar a los niños que no todo lo que ven online es verdad, que deben desconfiar de enlaces sospechosos o de desconocidos que les piden datos, forma parte de esa doble estrategia de bienestar digital y protección frente a riesgos.
Otra pieza clave es el ejemplo adulto: si padres, madres y docentes viven pegados al móvil, será difícil que los menores interioricen que ciertas pausas son saludables. Incorporar momentos de abstinencia digital en la rutina familiar, como comidas sin pantallas o franjas horarias sin redes sociales, es una forma práctica de reforzar tanto la higiene digital como los buenos hábitos de seguridad online.
Uso excesivo de pantallas en niños y adolescentes
En los últimos años, diferentes estudios y organismos han evidenciado que los menores dedican una cantidad creciente de horas frente a distintos dispositivos. La combinación de clases online, tareas escolares, videollamadas, videojuegos y redes sociales hace que, casi sin darse cuenta, encadenen pantalla tras pantalla durante gran parte del día. No se trata solo del tiempo dedicado, sino también de la calidad del uso y de la ausencia de otras actividades alternativas.
En el caso concreto de República Dominicana, el presidente del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), Guido Gómez Mazara, ha puesto cifras sobre la mesa: niños de entre 8 y 14 años pasan de media unas 8,5 horas diarias conectados a Internet. Este dato, que de entrada puede sonar exagerado, encaja con un contexto de fuerte penetración móvil: en un país con unos 10,4 millones de habitantes, se contabilizan alrededor de 10 millones de líneas de telefonía móvil activas, mientras el teléfono fijo ha ido perdiendo protagonismo en los hogares.
Con esta realidad, se entiende mejor por qué la infancia y la adolescencia son especialmente vulnerables. Un uso tan prolongado de pantallas puede afectar seriamente a la concentración en clase y al rendimiento escolar, ya que el cerebro se acostumbra a la gratificación inmediata de los estímulos digitales y le cuesta más mantener la atención sostenida en tareas menos llamativas, como leer, estudiar o escuchar una explicación.
Además, el tiempo que se invierte en los dispositivos suele restarse a otras actividades clave para el desarrollo sano: juego al aire libre, deporte, lectura en papel, convivencia familiar o simple descanso. Cuando ese equilibrio se rompe, es más fácil que aparezcan problemas de sueño, irritabilidad o conflictos en casa por los horarios de conexión y el uso de consolas, móviles o tablets.
La normalización de este estilo de vida hiperconectado hace que muchos chicos y chicas no sean realmente conscientes de cuánto tiempo pasan en línea. Por eso, una de las primeras medidas de prevención consiste en tomar conciencia del número de horas diarias que dedican a la tecnología y, a partir de ahí, poder plantear cambios concretos, como bloques de ocio sin pantallas o días de desconexión parcial.
Del uso intensivo a la dependencia: señales de alarma
Aunque la tecnología en sí misma no es negativa, sí puede llegar a ser un problema cuando el menor desarrolla una relación de dependencia con Internet, las redes sociales o los videojuegos. Esta dependencia se manifiesta en un patrón de comportamiento donde la conexión se convierte en el eje central del día a día, desplazando otras actividades y generando malestar cuando no se puede acceder a los dispositivos.
Uno de los signos más característicos es el aumento progresivo del tiempo de conexión necesario para sentir el mismo nivel de satisfacción o alivio. Esta especie de “tolerancia” digital hace que el menor busque estar cada vez más rato conectado para experimentar la misma sensación de placer que antes lograba con menos tiempo. El resultado es un círculo vicioso en el que cada vez cuesta más parar.
Otra señal importante es la aparición de un auténtico síndrome de abstinencia cuando se corta el acceso a las TIC. En esos casos, si los padres limitan el uso del móvil o la consola, o si se quedan sin Internet, el menor puede mostrar irritabilidad intensa, ansiedad, mal humor, incluso síntomas físicos como nerviosismo o dificultad para concentrarse en cualquier otra tarea mientras piensa obsesivamente en volver a conectarse.
La negación del problema suele ir de la mano de este comportamiento. Aunque familiares y amigos cercanos perciban un claro descontrol, es habitual que el chico o la chica resté importancia a la situación, se ponga a la defensiva y rechace cualquier crítica. Pueden justificar su conducta alegando que “todos sus amigos hacen lo mismo”, que lo necesitan para estudiar o que las personas adultas también están siempre pegadas al móvil.
Con el tiempo, esta interacción excesiva con el mundo digital puede derivar en una fuerte dependencia de la gratificación inmediata y de la aprobación social online. Los menores pueden llegar a sentirse valorados solo en función de los “likes”, comentarios o reacciones que obtienen en redes o en plataformas de juego, lo que alimenta aún más el impulso de estar conectados y revisar constantemente el móvil en busca de nuevas notificaciones.
Todo esto va acompañado de una paulatina pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban: deportes, hobbies, quedar con amigos en persona o incluso estudios. Las obligaciones escolares se posponen o se hacen a toda prisa, el ocio offline se ve sustituido casi por completo por contenidos digitales y el menor experimenta una sensación de descontrol sobre su propia conducta, ya que, aunque en algunos momentos quiera reducir su tiempo de pantalla, siente que no es capaz de hacerlo por sí solo.
El uso abusivo de la tecnología no se queda solo en cifras de horas conectadas: tiene un impacto profundo en distintas áreas de la vida del menor. En el plano emocional, la necesidad constante de estar online y de recibir estímulos puede generar ansiedad, frustración y cambios bruscos de humor. Cuando no hay acceso a los dispositivos, o cuando las interacciones online no salen como esperaban, algunos niños y adolescentes pueden sentirse muy inseguros o incluso deprimidos.
En el ámbito social, se produce una paradoja: mientras el menor puede acumular contactos y conversaciones en redes o juegos online, sus relaciones cara a cara pueden verse empobrecidas. Le cuesta más iniciar o mantener conversaciones en persona, mostrar empatía o resolver conflictos sin recurrir a una pantalla como intermediaria. Con el tiempo, esto puede traducirse en aislamiento, timidez extrema o dependencia de la validación digital para sentirse aceptado.
A nivel familiar, las discusiones por el uso de móviles y consolas se vuelven frecuentes. Es habitual que se generen conflictos por no respetar horarios de comidas o de sueño debido a la conexión, o por tratar de alargar una partida o una conversación online. Estos desencuentros desgastan la convivencia y refuerzan la sensación de que la tecnología está “en medio” de las relaciones entre padres e hijos.
En el terreno académico, las consecuencias también son evidentes. La exposición a contenidos muy dinámicos y breves, como vídeos y redes sociales, dificulta la concentración en tareas que exigen esfuerzo prolongado. Muchos menores intentan estudiar mientras tienen abiertas al mismo tiempo apps de mensajería o redes sociales, lo que les hace perder el hilo constantemente. El resultado suele ser un rendimiento escolar más bajo, tareas incompletas y una sensación de agobio al acumular trabajo que no se ha hecho a tiempo.
Además, los hábitos de sueño suelen verse alterados. Acostarse tarde por estar delante de la pantalla o consultar el móvil en la cama reduce las horas efectivas de descanso y empeora su calidad. El sueño insuficiente tiene un impacto directo en la memoria, la atención y el estado de ánimo, lo que a su vez incrementa las dificultades académicas y la irritabilidad durante el día. Es un círculo que se retroalimenta y que requiere intervención temprana para evitar que se consolide.
Riesgos de ciberseguridad: phishing, desinformación y otros peligros
Cuanto más tiempo pasan los menores conectados, más se multiplica la probabilidad de encontrarse con amenazas digitales. El propio presidente de INDOTEL ha advertido de que el uso intensivo de Internet aumenta la exposición a riesgos como el phishing, una técnica mediante la cual delincuentes se hacen pasar por entidades legítimas o personas de confianza para obtener datos personales, contraseñas o incluso dinero.
En contextos de juego online o redes sociales, los atacantes pueden crear perfiles falsos, enviar mensajes privados o enlaces maliciosos y aprovechar la inexperiencia de los niños para engañarles. Pueden pedirles fotos, información sobre su familia, contraseñas o empujarles a descargar archivos peligrosos. Muchas veces utilizan un tono amistoso o prometen recompensas en forma de premios, monedas virtuales o ventajas en el juego.
Otro gran foco de preocupación es la desinformación. Según datos señalados en República Dominicana, se estima que alrededor del 62% de la información que circula en redes sociales es falsa o engañosa, y que los bulos se difunden con mucha más rapidez que las noticias veraces. En concreto, se ha apuntado a que las mentiras se propagan hasta seis veces más rápido que los contenidos contrastados, lo que deja a los menores especialmente expuestos a creer y compartir mensajes incorrectos.
Esta mezcla de noticias falsas, rumores virales y contenidos sensacionalistas afecta no solo a su capacidad de discernir qué es cierto y qué no, sino también a sus emociones y a su visión del mundo. Un menor sin formación en pensamiento crítico puede asumir como reales teorías conspirativas, mensajes de odio o contenidos manipulados, y compartirlos sin mala intención, alimentando la cadena de desinformación.
A todo ello se suman otros riesgos de ciberseguridad como el ciberacoso (insultos, humillaciones o amenazas a través de redes y mensajería), el sexting mal gestionado, el acceso a contenidos inadecuados para su edad o la exposición involuntaria de datos personales. Por eso, al abordar la abstinencia digital, no se trata solo de cortar tiempo de pantalla, sino de aprovechar esos momentos para educar sobre cómo protegerse y navegar con seguridad.
El futuro inmediato de la conectividad pasa, según responsables de telecomunicaciones, por extender el acceso a Internet a zonas rurales y comunidades menos conectadas. Pero este avance debe ir acompañado de políticas públicas y programas educativos que prioricen la seguridad digital de la infancia, de modo que la brecha no sea entre conectados y desconectados, sino entre quienes conocen y aplican buenas prácticas de ciberseguridad y quienes no.
Prevención: cómo racionalizar el tiempo de pantalla
La mejor forma de reducir tanto los problemas de uso excesivo como los riesgos de ciberseguridad es apostar por la prevención. Esta empieza por racionalizar el tiempo que los menores pasan frente a las pantallas, es decir, ayudarles a gestionar mejor cuándo se conectan, cuánto rato y con qué propósito. No se trata tanto de prohibir como de planificar y equilibrar.
Una primera medida es abordar la ansiedad asociada a la idea de perderse algo si no están conectados. A muchos niños y adolescentes les preocupa no ver al instante todos los mensajes, vídeos o publicaciones. Conviene explicarles que Internet, los juegos y las redes no van a desaparecer porque hagan otras cosas y que hacer pausas regulares es sano para la vista, la postura y la mente. Combinar el ocio digital con actividades deportivas o al aire libre ayuda a descargar energía, mejora el estado de ánimo y reduce la dependencia del móvil.
También es fundamental aprender a gestionar el tiempo de manera estructurada. Las familias pueden establecer pactos claros sobre horarios y duración de uso de los dispositivos, por ejemplo, limitar el tiempo de videojuegos a determinadas franjas, evitar pantallas justo antes de dormir o reservar ciertas horas para el estudio sin distracciones. Las herramientas de control parental en WhatsApp pueden ser un apoyo para aplicar estos acuerdos y supervisar de forma proporcionada lo que hacen los menores en la red.
Otra recomendación básica es priorizar las actividades diarias esenciales. Dormir, comer y asumir pequeñas responsabilidades domésticas deben tener preferencia sobre el ocio digital. Los menores necesitan entender que los horarios de descanso y las obligaciones no pueden supeditarse a una partida o a una conversación online. En la práctica, esto implica, por ejemplo, no llevar dispositivos a la mesa o dejar el móvil fuera de la habitación durante la noche.
Para las tareas escolares, lo más sano es que, en la medida de lo posible, el menor se conecte solo a las herramientas estrictamente necesarias. Si se usan aplicaciones de mensajería o redes sociales mientras se intenta estudiar, lo más probable es que la atención se disperse en cada notificación. Por eso, se recomienda cerrar estas apps durante el tiempo de deberes y abrirlas solo cuando termine el trabajo académico, como una especie de “recompensa” que llega después de cumplir con sus obligaciones.
El contacto social presencial también debe recibir un fuerte impulso. A través de conversaciones en casa y con ejemplos concretos, se puede transmitir a los menores la importancia de cuidar las amistades cara a cara, quedar con amigos, compartir juegos físicos y hablar sin pantallas de por medio. Internet puede complementar, pero no sustituir, esos vínculos reales que aportan un apoyo emocional mucho más estable y profundo.
Modelos de referencia, educación crítica y apoyo profesional
Un aspecto que a menudo se infravalora es el poder del ejemplo adulto. Los menores observan y reproducen lo que ven en sus figuras de referencia, por lo que, si padres y madres están permanentemente pegados al móvil, será difícil convencerles de que usen la tecnología con moderación y sentido crítico. Resulta muy útil que los propios adultos revisen sus hábitos digitales, establezcan momentos familiares sin pantallas y compartan con naturalidad cuándo y por qué deciden desconectar.
Además del ejemplo, la educación en competencias digitales y pensamiento crítico desempeña un papel central. Es necesario enseñar desde edades tempranas que no toda la información en redes sociales es fiable, que hay cuentas falsas, intereses ocultos y contenidos diseñados para manipular. Trabajar en casa y en la escuela cómo identificar fuentes confiables, contrastar datos o desconfiar de los enlaces sospechosos es una inversión directa en ciberseguridad.
Las familias no tienen por qué afrontar este reto en soledad. En España, por ejemplo, el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) pone a disposición de la ciudadanía la Línea de Ayuda en Ciberseguridad 017, un servicio gratuito y confidencial donde se ofrecen respuestas personalizadas sobre el uso seguro y responsable de Internet, especialmente orientado a la protección de menores. A través de este canal se puede consultar desde dudas sobre control parental hasta situaciones de ciberacoso o sextorsión.
Recurrir a profesionales no es un signo de fracaso educativo, sino de responsabilidad. Cuando el uso de pantallas empieza a causar conflictos graves, síntomas de ansiedad o un deterioro importante del rendimiento escolar y de las relaciones sociales, conviene buscar apoyo especializado en psicología infantil y juvenil, así como en especialistas en ciberseguridad y mediación escolar. Una intervención temprana permite reconducir los hábitos digitales y reforzar la autoestima y las habilidades sociales del menor.
La sociedad en su conjunto tiene también una responsabilidad compartida. Instituciones, centros educativos, medios de comunicación y empresas tecnológicas han de colaborar para promover campañas de sensibilización, herramientas más seguras y contenidos adaptados a la edad. El objetivo no es demonizar la tecnología, sino integrar la abstinencia digital periódica y la ciberseguridad como piezas normales de una educación integral para el siglo XXI.
Cuando se combinan límites razonables al tiempo de pantalla, educación crítica, buenos ejemplos adultos y recursos de apoyo, se crea un entorno en el que los menores pueden disfrutar de Internet, aprender y relacionarse, pero sin perder de vista que su bienestar emocional, su vida social offline y su seguridad en la red son, a la larga, mucho más importantes que cualquier notificación o partida pendiente.